lunes, 13 de febrero de 2012

14 de febrero

Mi amigo nunca se creía que fechas como esa fueran tan señaladas en el calendario. Más bien suponían veinticuatro horas más de entre las ocho mil setecientas y pico que tenía el año. Ese periodo de tiempo que veía pasar delante del almanaque que puso tras la puerta de la cocina cuando llego a Río Grande.

Recordaba, con nostalgia, que cuando llegó lo clavó con una chincheta que encontró en un cajón, el primero que abrió, y ya entonces le pareció que más que un calendario era una fecha de caducidad de aquella vieja casa de la Avenida Bernardo O'Higgins cerca del puerto.

Aquellas cuarto paredes constituían la mejor empalizada que pudo hacer tras su travesía atlántica desde España en dirección a ninguna parte, o quizá mejor, en dirección a la parte que más alejada de sus problemas, tuviera suficiente distancia como para que estos no le alcanzaran. No fue una travesía propiamente dicha, sino un trabajo en toda regla, de los que hacen cayo a un tipo blandito del interior. Que siempre había andado con los pies en la tierra y que jamás los puso en una cubierta de barco... ni mucho menos en un carguero transatlántico. El caso es que como aprendiz de cocinero cualquier barco valía, y si había que poner de por medio millas y millas náuticas ese era el mejor modo de hacerlo.

Fueron días y días de cocina, de olas de muchos metros y de vomitar y vomitar aquel rancho infame que salía de los fogones, así que en la primera ocasión que tuvo de poner pie en el puerto, arregló los papeles y se despidió de sus compañeros en una fiesta que todavía hoy es recordada por muchos lugareños.

Su vida, a partir de entonces, fluía como la seda en esa zona tan austral del planeta, sin que supusiera el más mínimo reparo haber dejado en su país natal su vida, sus recuerdos, sus amistades y todo lo que en casi cincuenta años de vida construyó de la manera que se esperaba. En este nuevo lugar iba a comenzar a hacer aquello que nadie esperaba verle hacer. De modo que ese calendario de la cocina obró el milagro de sanar su espíritu por mediación de los días tachados en él, que se acumulaban, uno tras otro, en ese año que casi había pasado desde que llegó.

Mi amigo tuvo un nuevo compañero de fatigas: un bull terrier blanco al que puso por nombre Narco. Se lo regalaron unos vecinos de su calle una mañana de verano, en un rastro que pusieron en el jardín de casa durante el fin de semana, con la idea de quitarse de encima una enorme camada de seis crías que la madre trajo al mundo fruto de los amores de vete tu a saber qué perro. Narco, entonces, no lo sabía, pero erra un perro sin raza, mezclado con genes de vete tu a saber... quizá por eso vino el regalo y no la venta.

Resultaba bastante simpático ver al Gallego, que así llamaba la gente del lugar a mi amigo, paseando por la playa durante la bajamar. Cuando Narco se quedaba retrasado y había que llamarle: - Narco, coño... no te quedés ahí. Que se hace tarde.

En ocasiones, algún transeúnte se había quedado impresionado por ver al perro, entender su nombre y comprender que su ferocidad podría ser un problema. Pero la verdad es que Narco era tan inofensivo como un peluche y jamás se le hubiera ocurrido dar un triste ladrido... de la amo, tal perro.

Esos paseos se sucedían, invariablemente, los martes y los jueves, a las 9:30 hora local de España, una diferencia de cuatro horas menos. ¿ Tradición? ¿manías?... - Cualquiera sabe!. O eso es lo que decían los lugareños cuando veían a mi amigo corriendo por allí, embutido en unas finas licras a hombre y animal pasando frío. O eso pensaban, porque la verdad es que la tradición mandaba que esas carreras fueran de ida y vuelta por la Playa hasta la escalera que comunica la Avenida hasta la arena. A toda velocidad por hacer un poco de deporte al que Narco, a la vuelta del recorrido hacía ascos y retrasaban el paseo. Mi amigo, entonces, siempre le reprendía la actitud y le llamaba para acelerar el regreso.

Hoy martes, mi amigo está dando la vuelta a la playa y llega a la altura de la escalera... Narco va detrás de él a buen paso, pero todavía sabe que le queda un buen trecho, de modo que se encamina a los peldaños moviendo el rabo de un lado a otro mientras reconoce en el silbido de la persona que le llama un tono tranquilizador que no puede resistir. Al acercarse a ella siente una cercanía que nunca había experimentado y se sienta cerca de ella esperando a que su amo aparezca.

Este, al ver a Narco con una persona inesperada, sin dudarlo le llama. Al no obtener respuesta acelera el paso y llega a las proximidades de la circunstancial pareja para reconocer la silueta de ella.

Joder...!. Un vacío le empieza a recorrer el alma, desde lo más profundo hasta la superficie de la piel.

Sabía que esto podría llegar a pasar, pero nunca jamás se había parado a meditar sobre ello. Hoy, 14 de febrero, día de San Valentín, habían empezado de nuevo sus problemas.

… Continuará